Para muchas personas LGTBIQ+, los videojuegos han sido el primer lugar donde han podido probar nombres, aspectos e historias que en la vida offline les habría costado mucho mostrar. Juegos con opciones de personalización amplia, mundos pacíficos y comunidades abiertas se han convertido en espacios donde vestirse como se quiere, experimentar identidades de género diversas y construir islas o mundos que celebren el orgullo. Algunos estudios muestran que muchos jugadores queer se sienten más libres, mostrando quiénes son dentro del juego que en la calle o en el instituto.

A la vez, la realidad es que, en muchos títulos competitivos y chats de voz, la LGTBIQ+fobia está muy presente. Insultos, bromas sobre orientaciones e identidades, comentarios que utilizan “gay” como insulto o que asocian determinadas maneras de hablar con “ser menos hombre” forman parte del paisaje cotidiano. La investigación describe un tipo de masculinidad gamer dominante, blanca y heterosexual, que utiliza este tipo de comentarios para marcar quién es “norma” y quién es “otro”. Cuando alguien se aleja demasiado de este modelo, a menudo recibe más burlas y agresiones.

Esta ambivalencia hace que, para chicos y chicas LGTBIQ+, los videojuegos puedan ser a la vez refugio y frontera, espacio de afirmación y lugar de herida. Por eso es importante hablar de ello, tanto a nivel familiar como educativo. Hay que validar que el dolor que provoca una broma homófoba o transfóbica es real, aunque ocurra “solo” en un chat, y animarlos a buscar espacios y comunidades donde se sientan bienvenidas y bienvenidos. También es clave recordarles que tienen derecho a bloquear, marcharse, cambiar de grupo y, si hace falta, denunciar situaciones de odio. Y, muy importante, hacerles sentir que no tienen que renunciar necesariamente al juego que les gusta para ser quienes son; se trata más bien de ir construyendo entornos donde su existencia no sea motivo de ataque, sino una parte reconocida y celebrada de la diversidad de la comunidad gamer.

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