
Cuando jugamos a menudo, casi siempre hay alguien que dice que perdemos el tiempo o que “los videojuegos no son vida real”. Pero nosotros sabemos que, cuando entramos en una partida, hay mucho más que pantallas y píxeles. Hay amigos, bromas que solo entendemos nosotros, momentos de estrés y de euforia, recuerdos que se nos quedarán años. Por eso tiene sentido decir que los videojuegos son como nuestro patio digital: un lugar donde hacemos vida social, aprendemos cosas y nos expresamos.
Precisamente porque es importante, merece la pena que nos preguntamos si este patio es un lugar donde realmente nos sentimos bien. Pensamos en la última semana: ¿cuándo cerramos el juego, salimos con sensación de descanso y buen rollo, o acabamos con el juego lleno de gritos y mala leche? Nos da miedo equivocarnos porque sabemos que, si fallamos, ¿nos caerán insultos? ¿Nos cuesta ir a dormir porque siempre hay una partida más, alguien que nos pide que nos quedemos o una misión pendiente?
Si vemos que el juego nos deja cansados, tensos o tristes, más a menudo del que nos gustaría, quizás el problema no es tanto el juego, sino el ambiente que encontremos. Puede ser que estemos jugando con gente que no nos trata bastante bien, o que nosotros mismos nos ponemos una presión brutal para subir de nivel y no soportamos perder. Buscar grupos donde nos respeten, darnos permiso para salir de una partida cuando lo necesitamos y recordar que el que valemos va mucho más allá de nuestras estadísticas puede marcar mucha diferencia.
El juego puede ser un espacio donde crecemos, nos equivocamos, reímos y conocemos gente interesante. Pero para que pase esto, tenemos que vigilar de no dejarnos la salud por el camino. Nuestro bienestar importa más que cualquier ranking, y somos nosotros quien debemos tener la última palabra sobre cómo, cuándo y con quién queremos jugar.




Deja un comentario