Si juegas a menudo en línea, seguro que alguna vez te has preguntado por qué, si los juegos tienen normas contra los insultos y el acoso, el chat sigue tan cargado de comentarios de mala leche. No es solo una sensación: los sistemas de moderación tienen muchos límites. En muchos juegos, solo una parte pequeña de las denuncias llega a ser revisada por una persona, y todavía menos acaban en sanción. Hay tantas partidas, chats e incidencias a la vez que es imposible que un equipo humano lo controle todo.

Esto hace que muchas conductas tóxicas pasen desapercibidas o se gestionen tarde. Entre el momento en que denunciamos a alguien y el momento en que se toma una decisión pueden pasar días, y mientras tanto esa persona sigue jugando y haciendo sentir mal a mucha más gente. Es normal que esto frustre y que parezca que “no sirve de nada” denunciar.

Por eso cada vez más gente dice que, si solo confiamos en castigos y expulsiones, siempre llegaremos tarde. Además de sancionar cuando alguien se pasa mucho de la raya, también hay que mirar qué pasa dentro de los grupos donde jugamos: qué bromas aceptamos, qué consideramos normal, qué comentarios hacemos ver que no hemos oído. No se trata solo de que un algoritmo detecte una palabra concreta, sino de cambiar el clima del chat para que ciertos comentarios dejen de ser “lo de siempre”.

Esto no quiere decir resignarnos. Como jugadores y jugadoras, tenemos más poder del que parece: podemos bloquear y silenciar a usuarios que se pasan, denunciar cuando hace falta, configurar el chat para que sea más seguro y salir de partidas que nos hacen sentir mal. También podemos ser quienes digamos, con calma, que un comentario sobra o que no hace ninguna gracia, y apoyar a quien recibe el odio, aunque sea con un mensaje privado.

También ayuda hablar fuera de la pantalla: con amigos, en casa o en el instituto, sobre qué es aceptable y qué no, cómo nos afecta lo que pasa en el chat y qué podemos hacer cuando vemos una injusticia. No vamos a conseguir que los videojuegos sean espacios perfectos, pero sí podemos lograr que la responsabilidad de frenar el odio no recaiga solo en quien lo sufre, sino que se reparta entre plataformas, comunidades y también entre nosotros, que compartimos partida cada día.

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