A veces, cuando los amigos hablan de armas, mapas, ranks y streamers, podemos sentirnos un poco fuera de juego, literalmente. Puede que hayamos probado algún videojuego y no nos haya enganchado nada, o que simplemente prefiramos dedicar el tiempo a otras cosas: leer, dibujar, hacer deporte, quedar en el parque, hacer música o solo charlar. En un momento en que parece que todo el mundo tiene que ser gamer, puede dar la sensación de que nos falta algo para ser adolescentes “normales”.

Pero la realidad es que no hay una sola manera correcta de vivir la adolescencia. Que los videojuegos estén por todas partes no quiere decir que estemos obligados a que nos flipen. Tenemos derecho a jugar poco o nada, y eso no nos hace menos interesantes ni menos capaces de tener amigos. Muchas veces, la presión viene del grupo: si todas las conversaciones son sobre la última partida o el nuevo juego de moda, es muy fácil sentirse arrinconado. Aun así, podemos encontrar maneras de estar cerca de lo que les gusta sin tener que dedicar mil horas.

Podemos interesarnos un poco por lo que juegan, preguntar de qué va, celebrar sus victorias o escuchar sus historias como haríamos con una serie que nosotros no vemos. También podemos ser quienes proponemos planes diferentes y descubrir que a muchos amigos también les apetece hacer cosas fuera de la pantalla si alguien se anima a organizarlas. Y si hay alguien que nos hace sentir menos por no jugar, quizá el problema no es que nosotros no seamos gamers, sino que esa persona solo sabe relacionarse hablando de un único tema.

Lo más importante es no pasarnos el día comparándonos ni intentar encajar a la fuerza en un modelo que no es el nuestro. Nuestro tiempo y nuestra energía son muy valiosos, y llenarlos con cosas que nos hacen sentir vivos o vivas es tan legítimo como pasar horas en un juego en línea.

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